EL CABALLO Y LAS ESTRELLAS.
En una remota aldea, de gente humilde y sencilla. Se podía ver una casa en la cima de una colina. Si caminabas bordeando el río y seguías por un sendero de piedras, llegarías a un pastizal y más allá encontrarías las flores más hermosas nunca antes vistas.
Su aroma impregnaba el aire al llegar la primavera. Miles de abejas zumbantes revoloteaban sin parar sobre aquellas espléndidas flores, recogiendo su polen y llevándolo hasta su panal, el cual se encontraba en la rama más alta de un solitario pino al pie de la colina.
En la casa de piedra y madera rústica que allí podías ver, vivía una niña de tes blanca como la nieve y largo cabello crespo, tan naranja como una zanahoria. Era hermosa y alegre. Todo aquél que la conocía podía jurar que nunca dejaba de sonreir.
Una noche, tarde ya, después de cenar, la mamá de la niña pasó frente a la puerta de su cuarto y viendo que aun brotaba la luz por debajo de la puerta, con curiosidad entró a preguntar por qué seguía despierta.
La dulce niña se encontraba mirando por la ventana de su cuarto. La mirada perdida como si estuviera soñando despierta. Como en estado letárgico. Su mamá se quedó ahí, en silencio, observándola con ternura; y de vez en cuando la pequeña emitía un largo suspiro.
Al poco tiempo se quedó dormida con sus brazos apollados sobre el borde de la ventana. Su madre con todo el cuidado del mundo, la cargó y procurando no despertarla, la llevó a su cama, arropándola con sutileza...besó con dulzura su frente, sopló la vela que estaba en su mesita de noche y salió de su habitación a hurtadillas.
A la mañana siguiente, sentía curiosidad y deseaba preguntarle a su hija, por qué suspiraba tanto al ver por su ventana, al cielo nocturno. Pero prefirió guardar silencio.
La hermosa niña durante ese día cumplió con sus labores como siempre. Al llegar la noche cenó y despidiéndose de su mamá con un abrazo y un beso, se fue a dormir. Su madre que hacía pan para vender, se quedó un poco más en la cocina. Al terminar subió las escaleras y antes de irse a acostar, pensó en pasar por el cuarto de su pequeña. Al llegar a la puerta, se quedó parada ahí, en silencio...pués vovía a salir un aura tenue de luz por debajo del marco de la puerta, que hacía denotar que tal vez su pequeña hija seguía despierta.
Con sumo cuidado de no hacer ruido, abrió la puerta lo más despacio que pudo, y observó atónita que su querida hija estaba acurrucada al pie de la ventana, nuevamente, mirando al cielo y suspirando con nostalgia. Se oía un leve murmullo que por más que se esforzó no logró descifrar, aguardó hasta que la niña se quedó dormida y la acostó en su cama como la noche anterior; despidiéndose de su pequeña con un beso en la frente como siempre.
Los días en la aldea pasaban sin novedad. Se podía ver a todos en sus faenas, día tras día.
En la casa de la colina se seguía haciendo pan y tortas para vender todas las noches.
Y así pasaban los amaneceres y anocheceres...y ya era rutina ver a la pequeña asomada por la ventana de su cuarto, viendo al cielo estrellado una y otra vez.
Una noche fría de invierno, como todas las noches anteriores, la pequeña pelirroja se fué a dormir. Su mamá lavaba los trastes en la cocina y escuchó un llanto muy sutíl que provenía de lejos. Angustiada, fue a ver qué sucedía; la niña lloraba desconsolada al pie de la ventana. Su madre sin entender por qué, la sostuvo entre sus brazos y le preguntó qué sucedía.
La pequeña le dijo entre sollozos: - ¡Mami, no se ven las estrellas!.
Era la primera noche de invierno y el cielo estaba nublado y oscuro completamente. Su mamá la abrazó aun con más fuerza, intentando consolarla y le explicó que tal vez nevaría pués estaba haciendo mucho frío. Pero no nevó, sólo llovió profusamente toda la noche. Y entre relámpagos y truenos la niña se quedó dormida en silencio, entre los cálidos brazos de su madre.
Pasaron varias noches y cada una que permanecía nublada, la dulce pequeña lloraba desconsolada al pie de su redonda ventana.
Una noche, su mamá la escuchó y pensó que si llevaba un chocolate caliente con malvaviscos y galletas de miel, levantaría el ánimo de su amada hija. Preparó todo con amor y lo llevó a su habitación en una bandeja de madera que había sido de su abuela.
Al entrar al cuarto de la niña, contempló con tristeza, que ésta estaba llorando nuevamente. Se acercó despacio a ella colocando la bandeja con la taza de chocolate caliente y las galletas en una pequeña y vieja mesita, que había en un rincón.
La dulce pequeña, que miraba melancólica por la ventana, al percibir el dulce aroma del chocolate y las galletas de miel recién horneadas,se volteó hacia donde se encontraba su madre. La miró con lágrimas en sus grandes ojos de color avellana e intentó esbozar sin mucho resultado, una sonrisa que sólo terminó viéndose como una mueca de tristeza en sus labios de color carmecí.
Su mamá, con el corazón roto por ver a su pequeña hija de esa manera, se arrodilló y acercándola a su pecho en un fuerte abrazo, le preguntó por fin, el por qué de su pena.
- Mi preciosa pequeña, ¿por qué estás llorando?, ¿por qué lloras todas las noches?, no he querido hacerte estas preguntas por respetar tus sentimientos, pero soy tu madre y ya no resisto verte tan infeliz. ¿Qué te sucede cariño?, ¿en qué te puedo ayudar?.
La niña, con llanto vacilante, intentó explicarle a su mamá lo que le estaba pasando.
- Mami, en el verano, al mirar por mi ventana en las noches, yo podía ver las estrellas y ahora no las puedo ver. ¡Y lo extraño!, terminó diciendo casi gritando y llorando aun más fuerte.
Su mamá, perpleja ante la respuesta de su hija, se quedó mirándola con los ojos bien abiertos sin decir ni una palabra, ya que no comprendía nada.
La niña, al fin en sosegada calma, dirigió su mirada a la mesita del rincón, donde su mamá había colocado la taza de chocolate y las galletas.
Tomó la taza de chocolate con sus pequeñas manos y una galleta, sentándose al lado de su mamá que para ese momento se hallaba al pie de la cama.
Esa noche transcurrió lenta, y llegó el alba.
La pelirroja niña con su cabello enmarañado, bajó corriendo las escaleras nada más se despertó.
En su blanco rostro de cachetes colorados, se podía ver su típica sonrisa. Se fue veloz hacia el porche y brincando atravesó el patio trasero de la cabaña.
Brincaba y gritaba a todo pulmón...: - ¡Mamii, mamiiiiiiiiiiiii!, ¡volvió!...Su mamá salió a su encuentro tan rápido que casi se cae de bruces, al tropezar con una maceta de flores rojas que había en la entrada del porche.
La vio tan emocinada y feliz, como hacía tiempo que no la veía...observando a lo lejos en el patio, exclamó en voz casi inaudible: - ¡Ahora comprendo mi niña!.
La pequeña tomó la mano de su mamá y dándole las gracias corrió tan rápido como pudo hacia el estanque, que ahora estaba congelado por ser invierno.
Esa noche, había nevado y después de acostar a su pequeña, pensativa por lo que le había dicho su hija, sonrio y afirmó con la cabeza, mientras suspiraba.
La pequeña había recibido como regalo de su cuarta primavera, un hermoso ejemplar de caballo, blanco como las nubes. Pero como eran tan pobres, casi no tenían como alimentarlo y aunque su mamá se esforzaba haciendo pan y tortas para obtener más dinero, a penas era suficiente para ella y su pequeña hija.
El caballo comía el pasto verde de la pradera, que era abundante en época de lluvia, pero durante un año hubo una gran sequía y ya no tenía casi alimento, así que se enfermó y murió a principio del verano,
Pero, extrañamente, la niña no era infeliz y su mamá sólo pensó que era muy pequeña para entender lo que le había sucedido a su caballo.
Fue entonces cuando comenzaron los episodios de suspiros frente a la ventana, recordó su mamá.
Pero aun no comprendía bien. Mirando a su chiquita tan feliz, esa fría mañana de invierno, se dijo a si misma: - Ojalá que jamás vuelva a llorar.
La pequeña se acercó lentamente a la figura de nieve que se encontraba cerca del estante, la observaba con grandes ojos de asombro y una sonrisa muy peculiar en el rostro.
Su madre, fue a su encuentro y ¡Oh Dios mío!, no lo podía creer...era la figura de su caballo blanco, más blanco que nunca brillante como la escarcha.
Ahí, frente a ellas, resplandecía bajo los tenues rayos del sol de invierno.
La pequeña, impávida, no se movió de ahí en todo el día.
Al llegar la noche, su mamá la llamo a cenar, sin muchas ganas obedeció y como hacía frío se fue a dormir...sonriendo.
Así pasaron las semanas del mes más frío del año. En todo ese tiempo no volvió a llorar.
Dándole siempre las gracias a su mamá con un fuerte abrazo antes de irse a dormir.
Pero su mamá seguía sin entender, ya que ella sólo sabía cocinar y no hacer figuras de nieve tan perfectas.
Mas lo único que le importaba era la felicidad de su pequeña.
Aunque el temor invadía su corazón de pensar que el invierno, estaba por terminar y la figura de nieve se derretiría.
¿Qué pasaría con su hija entonces?, su cuerpo se estremeció de sólo pensarlo.
Ese día llegó, el invierno terminó y con él se fue la nieve y el frío. Esa mañana, la angustia invadió su corazón. Cuando la pequeña bajó las escaleras para ir a desayunar, su mamá no sabía qué hacer.
Si decirle o guardar silencio.
La pequeña, bajo el asombro de su madre, fue a realizar sus labores cotidianas. Con serenidad observó a su querida hija durante todo el día con un profundo terror a que llegara la noche.
Pasaron las horas y la oscuridad de la noche llegó, cenaron en silencio.
Al terminar su comida, la niña levantó la mirada dirijiéndose a su madre y preguntó si ya podía retirarse a dormir pues estaba muy cansada. Su madre le respondió que si, quedándose sentada en la silla de la cocina dejando pasar las horas cautelosa.
Al subir observó la puerta del cuarto de la pequeña, viendo con inquietud la luz encendida.
Abrió la puerta lntamente, y entró a la habitación pensando que encontraría a su hija llorando otra vez. Pero, para su sorpresa, no fue así...
Al pie de la ventana se encontraba la dulce niña más feliz que nunca y volteando a mirar a su madre le dijo: - Ven mami, ven a ver a mi caballo. Está allí como antes, galopando libre entre las estrellas.
Su mamá desconcertada se acercó a la ventana y mirando al cielo, se dio cuenta que jamás lo había visto tan despejado. Miles de estrellas brillaban por doquier. Y creyó, por un breve instante, haber visto a Pegazo...el hermoso caballo blanco de su pequeña hija, galopar a rienda suelta, feliz como nunca...entre las estrellas.
FIN


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