AL FINAL DEL ARCO IRIS.




En un lejano lugar, más allá de la imaginación. Vivía un duende, travieso y juguetón.
Cada mañana, muy temprano era el primero en levantarse. Su casa era uno de los hongos más bonitos del bosque, ubicado al pie de un Abedúl. Vivía con sus siete hermanos y hermanas. Era el menor y por tanto el consentido de la casa. Se pasaba todo el día jugando y correteando por todo el lugar.
Su abuelo, era uno de los duendes más viejos y sabios de la aldea. Y ya era momento de transmitir su sabiduría a por lo menos uno  de sus nietos. Así que los reunió a todos para comprobar cuál de ellos era el más apto. Después de conversar con sus amados nietos por un buen rato, aun no sabía con certeza cuál seguiría sus pasos; así que decidió ponerlos a prueba y el que ganara sería el escogido. Pués deberían demostrar entre otras cosas, destreza, inteligencia, humildad y valor.
Les dijo entonces: 
-Al amanecer deberán ir en busca del mayor de los tesoros. El que lo consiga y traiga ante mi, recibirá todo mi entrenamiento.
Al escuchar esto, el duendecillo se puso muy contento y emocionado, pués apreciaba mucho a su abuelo y quería de todo corazón aprender todo de él.

Al amanecer, como siempre, fue el primero en estar listo para emprender la gran aventura.
Estaba tan emocionado que no paraba de saltar por aquí y por allá. De pronto, se detuvo y pensó: "Mi abuelo nos dijo que deberíamos encontrar un tesoro"; pero...¿cuál tesoro? y ¿dónde lo busco?. La inquietud lo consumió. De repente, ya que no tenía idea de qué hacer o a dónde ir, salió corriendo atravesando la puerta que casi rompe de un golpe y no se detuvo hasta llegar a un claro del bosque, donde se divisaba a lo lejos la casa de su abuelo.
Llegó rápidamente y tocando a la puerta con desespero, esperó impacientemente a que su abuelo lo recibiera. Pasaron unos minutos y no obtuvo respuesta, un ratoncito que pasaba por ahí, le dijo que su abuelo no estaba en casa; que se había marchado muy temprano con el alba.

El duendecillo asustado y tembloroso pensó: - ¿Y ahora qué hago?. Siguió por el sendero y pasadas unas horas se sentó por unos minutos en una piedra a orillas de un manantial que cursaba su cauce por ese lugar. Meditando y meditando por largas horas...
Entonces pasó volando una pequeña mariposa, que a la vez era mucho más grande que él y revoloteaba a su alrededor ocasionando mucho viento. Eso hizo que el duendecillo levantara su mirada al cielo y observando con detalle pudo alcanzar a ver, un hermoso arco iris al final del camino. La mariposa salió volando en esa dirección y el duende la siguió raudo y veloz, pensando en que quería tocar ese maravilloso arco iris, que brillaba más a medida que se iba acercando a él; olvidando por completo su misión.

Se empezaba a hacer tarde, y ya no veía a la mariposa, tenía hambre y frío y estaba muy cansado. Ya no podía verse el arco iris y esto lo asustó muchísimo. Porque se dio cuenta de que no sabía dónde se encontraba y observando a su alrededor, supo de inmediato que se había adentrado demasiado en el bosque y no conocía ese lugar.
Cerca de un árbol de gran tamaño había una cueva. Pensó que sería un buen lugar para pasar la noche. Se acercó a ella y vio que era grandísima y muy oscura y aterradora. Le daba miedo entrar, pero más miedo le daban todos los sonidos que provenían del bosque. Así que decidió seguir adelante, y se adentró en la inmensa cueva.
Consiguió unos palitos de madera seca, los encendió y se acurrucó en un rincón.
Gracias a Dios llevaba su mochila llena de un sin fin de artilugios que guardó antes de salir, pensando que en su travesía le podrían ser de mucha ayuda.

Se acordó que había guardado pan y jamón del desayuno, así que comió un poco y luego se quedó dormido delante de la fogata.

Al día siguiente, se despertó sintiendo un poco de frío y se percató de que el fuego de la fogata se había extinguido, pero observó que ya entraba una luz tenue al interior de la cueva.
Recoguió todo y se preparó para continuar su camino, aun sin saber qué haría, pués recordó su misión y que se había desviado por ir en busca de un arco iris. Se detuvo súbitamente rememorando que su misión era hallar un tesoro, no un arco iris, por más hermoso que éste fuera.

Se quedó inmóbil un instante y a su mente llegó una vieja leyenda que siempre le relataba su mamá antes de ir a dormir. Esta decía, que al final de todo arco iris se encontraba un gran tesoro. Dio un respingo hacia atrás, lo embargó la alegría, al recordar eso, pués pensó que tal vez era a lo que se refería su abuelo. Sin otra opción decidió seguir por ese camino, con la esperanza de estar haciendo lo correcto.
Durante el día se veía el arco iris, pero cada tarde desaparecía y se acostaba por las noches deseando que al día siguiente se volviera a ver. Pero, los días que no llovía no se podía observar el arco iris. Su camino se hacía lento pués debía permanecer en ese lugar hasta ver nuevamente el arco iris en el cielo.
Pasaban las semanas y no lograba llegar al final del arco iris.
Todo lo contrario, a veces parecía que iba en sentido contrario.

En su transitar por el bosque conoció a muchos ogros, hadas, trolls e imfinidad de animalitos, unos eran amables con él y otros no tanto. Pero fué aprendiendo muchas cosas en el trayecto.

Una noche, cansado de tanto caminar, llegó hasta un puente y al final de éste, se divisaba una especie de tunel natural, hecho por gruesas raices de árboles viejos. Estaba agotado, pero él no podía dormir en el puente, así que continuó hasta llegar al túnel, esperando conseguir un mejor lugar para descansar.
Al llegar al túnel escuchó un rugido estruendoso y eso lo asustó mucho, ya que jamás había escuchado algo similar.
Impávido a la oscuridad de la noche, se estremeció al escuchar nuevamente aquél sonido extraño y fuerte; pero esta vez prestó más atención y mas bien parecía un lamento.
Siguió caminando y el sonido se escuchaba cada vez más cerca. Llegó a la mitad del túnel y vio que había un gran hoyo en el suelo, se acercó a la orilla con sumo cuidado, y trató de mirar al vacío, pero no podía ver nada, porque estaba muy oscuro.
Se escuchó otra vez ese sonido lastimero y con un poco de miedo y la voz entrecortada, preguntó:
-¿Hay alguién ahí abajo?.
Una ráfaga de aire seco emanó del hoyo y fue tan fuerte que lo empujó hacia atrás, cayendo de espalda al piso.
Y una voz muy grave le dijo: -¡Ayúdame por favor!. Levantándose con esfuerzo, buscó algo para hacer una antorcha y así obtener luz. Cuando lo logró, volvió a mirar hacia dentro del hoyo y esta vez, pudo ver en el fondo a un gran dragón rojo, que estaba atrapado sin poder salir. Le preguntó si estaba herido, y éste dijo que si, que al caer desde tanta altura se había lastimado una pata y le era difícil caminar.





El duendecillo le dijo que no se preocupara que lo iba a ayudar a salir de ahí.
El dragón adolorido, le preguntó: -¿Cómo?, yo soy muy grande y tu muy pequeño. El duendecillo, pensativo, se dio cuenta de que eso era verdad, así que decidió ir en busca de ayuda. Se acordó de todos los animalitos que había conocido en el bosque y decidió ir en su búsqueda. Fueron días y noches de caminar y caminar, pero al fin consiguió regresar con la ayuda prometida.
Al ingresar al túnel y ver que había un gran dragón ahí, muchos animalitos se asustaron, pués le tenían miedo a los dragones que siempre sobrevolaban el bosque en busca de alimento. Rugiendo y echando fuego por sus fauces, quemando todo a su paso.
Pero el duendecillo los convenció de ayudar al dragón, y le hizo prometer a éste que le diría a los otros dragones, lo que habían hecho por él, para que no volvieran a causar daño en las aldeas del bosque.
El dragón lo prometió y así lo ayudaron a salir del hoyo, curando luego la herida de su pata.
El duende, se quedó con él alimentándolo y cuidándolo mientras sanaba. El dragón agradecido por todo, le pregutó qué podía hacer por él. Y éste le contestó que cumpliera su promesa. El dragón le contestó que lo haría, pero que también quería hacer algo en particular por él.

El pequeño duende se dio cuenta de que ya habían pasado muchos días desde que salió de su aldea para emprender su misión, y contándole todo al dragón, pensó que tal vez aun tenía tiempo y le pidió que lo llevara al final del arco iris.
Para su suerte, aun se podía ver brillar en el cielo azul. Así que el dragón lo subió a su lomo y volando alto siguió en dirección del hermoso arco iris; pero, pasaban los días y el pobre dragón ya no tenía fuerzas para volar y le dijo al duendecillo que sólo podía volar un día más antes de tener que descansar. Y así, para sorpresa de ambos, llegaron al final del arco iris. El duende estaba muy contento porque pensó que por fin hallaría el tesoro anhelado y se lo llevaría a su querido abuelo.

Pero al aterrizar y caminar hasta el mismísimo pie del arco iris, observó con lágrimas en los ojos y una profunda tristeza en su corazón, que no había ningún tesoro. En realidad, no había nada...absolutamente "nada".
Su amigo el dragón al verlo tan triste, se le rompió el corazón. Y pensó en hacer un último esfuerzo y regresar a su amigo a  casa.
Y así, emprendió el vuelo retornando a su aldea, que se encontraba a días de distancia.
Cuál fue la sorpresa de ambos cuando con una sóla noche de por medio, el duendecillo le dijo al dragón, que la aldea que se veía a lo lejos era la suya.
Se miraron a los ojos extrañados por el suceso.
Al llegar a la aldea, el dragón aterrizó con un estruendoso batir de alas, y el duendecillo corrió a buscar a su abuelo que esta vez si se encontraba en casa. éste lo recibió con un fuerte abrazo, miró al dragón y le dio las gracias por regresar a su querido nieto, sano y salvo.

Como recompensa, le dio al dragón tantos colores como tiene el arco iris a sus escamas, estas brillaban y destellaban como nunca bajo la luz del sol.
El duendecillo, llorando le contó a su abuelo toda su odisea, todo lo que había hecho y aprendido, y que se sentía muy apenado pués lo había defraudado.
Ya que no había logrado encontrar el tesoro que le habí encomendado.





Pero su abuelo emitió una grande y estruendoza carcajada, explicándole que si lo había logrado.
Sus hermanos y hermanas, sin saber a dónde ir, se habían cansado y regresao a la aldea, después de dos días de viaje.
Pero él, aunque llevaba casi un mes dando vueltas por los alrededores de  la aldea, nunca se cansó.
Y en su camino realizó muchas obras buenas. Ayudó a muchos animales y todos iban a la aldea a contar sus hazañas. Cada vez que su abuelo las escuchaba se enorgullecía más y más.

Unas hadas del bosque le contaron sobre el dragón.
Y cuando los vio llegar, supo que por fin tenía a su sucesor.
Pero el duendecillo no comprendía nada en absoluto. Así que su abuelo le explicó que su mayor tesoro, el tesoro que él tanto buscó al final del arco iris, lo había encontrado, que lo tendría para siempre si sabía cuidarlo. 
El pequeño duende, perplejo, se le quedó mirando boquiabierto y los ojitos desorbitados...y su abuelo señaló al dragón que ahora brillaba con sus múltiples colores.

Le dijo: -He ahí el mayor de los tesoros, que tu encontraste al final del arco iris y trajiste ante mi.
Ese tesoro es la amistad, fuiste valiente y humilde en tu camino, y demostraste con destreza lo que se puede lograr con perseverancia. Ese dragón que ahora lleva los colores más hermosos en sus escamas, será tu amigo fiel por siempre. Y cada vez que lo veas, recordarás que la amistad es lo más valioso que tenemos. 

Ese es el tesoro que debías encontrar...

Y así, se cumplió el destino del duendecillo, que al final, después de todo, encontró el arco iris...y su gran tesoro.


💛FIN💜

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